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El Tingalín (cuento)

Libro Almanaque 2002

Hacía poco tiempo que el abogado había llegado al pueblo y no conocía el significado de algunas palabras de los campesinos. Como andaba buscando fincas para comprar, consiguió un burrito para hacer sus diligencias. Pero sucedió que un día el burrito amaneció muerto. Andaba preocupado buscando otro, cuando se topó con un campesino montado en un hermoso caballo, grande y de buen paso. El abogado pensó que justamente eso era lo que necesitaba y le pidió al campesino que se lo vendiera. Pero el campesino le respondió:

¡Ay, licenciado!, este caballo no le conviene.

-Por qué dice que no me conviene?

-Licenciado, es que este caballo no trepa palos.

-¿Y acaso yo quiero comprar un mono? Véndamelo.

-Licenciado, es que este caballo tampoco come hierro- volvió a decir el campesino.

-No me importa que no coma hierro, para eso detrás de la casa hay buenos potreros de pará y jaragua. Véndamelo.

-Licenciado, ya le dije que este caballo no le conviene. Además, no le gusta el tingalín.

El abogado, ya impaciente, le dijo: -No sé qué cosa es el tingalín ni me interesa. Yo lo que quiero es que me venda el caballo.

-Está bien, licenciado, si usted insiste, lléveselo. Pero después no me venga con quejas, porque mucho le he advertido que no le conviene.

El abogado se fue muy contento en su nuevo caballo. Lo llevaba al trote y parecía un animal manso. Pero al llegar a un puente el caballo paró de repente, lanzando al abogado por los aires.

Entonces se fue a buscar al campesino y le dijo: -No sé qué le pasó al caballo, casi me mato porque no quiso cruzar el puente. Como pude me levanté y lo jalaba, lo empujaba, le pegaba, hice todo lo posible pero no hubo forma de hacerlo cruzar el puente.

El campesino le respondió:

-Se lo dije, ese caballo no trepa palos ni parados ni acostados.

Al día siguiente el abogado volvió a salir a caballo. Iba bastante rápido porque tenía prisa. Al llegar a un cruce de caminos donde el campesino siempre entraba, el caballo dobló rápidamente a la derecha. Y el abogado, que no estaba preparado para eso, volvió a salir por los aires y casi se raja la cabeza al caer sobre una piedra. Entonces el abogado dijo: -Lo que este caballo necesita es un buen freno-. Se fue a comprarlo, pero al tratar de ponerle el freno al caballo, el animal lo sintió. Se puso arisco, pateó, brincó y ni siquiera dejó que el abogado se le acercara.

El abogado volvió donde el campesino y le dijo: -Qué caballo más difícil fui a comprar, no aguanta el freno.

-Se acuerda que le dije que ese caballo no come hierro? No me venga ahora con reclamos- respondió el campesino.

El abogado no se dio por vencido. Estaba empeñado en dominar al caballo. Entonces compró un par de espuelas. Se las puso y se acercó al caballo. Pero cuando el animal oyó el ruido de las espuelas, cada vez que el abogado intentó montarlo, lo botó.

El abogado furioso y bien golpeado, fue a buscar al campesino y le dijo: -Hombre, este caballo no me deja montar con las espuelas. Y eso usted no me lo dijo.

¡Ay, licenciado!, ¿cómo que no se lo dije? Yo le advertí que a este caballo no le gusta el tingalín.

¿El tingalín...? -preguntó el abogado.

Sí, el tingalín, la bulla de las espuelas pues.

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